25 años

Pude ser una groupie. Una de esas que sigue cada paso de sus ídolos. Llenar la pared de mi habitación con póster. Y la carpeta, aunque no use. De la Súper Pop o el equivalente de entonces. Tener mil camisetas y todos los discos. Pero no pirateados, los de verdad. Y puestos a pedir, firmados. Me pondría peluca, falda y pasaría el aspirador por casa mientras canto.

 

Semi-infartar al descubrir que vienen a España y hacer fila durante horas para conseguir una entrada. Tirarme de los pelos con miles de fans locas sólo para verlos llegar al aeropuerto mientras grito cosas de adolescentes hormonadas y lloro como cuando se me quemó una croqueta.

Haría fila a la puerta del concierto los dos meses antes mientras como bocadillos de mortadela con aceitunas y mis dedos de los pies criogenizan por el frío, sólo para ser una de las miles de personas que abarrotaban estadios enteros.

Entraría corriendo y esperaría temblando a que todo empezara, mientras discuto con la de delante porque es más alta que yo. Me desmayaría en los primeros acordes, gritaría, lloraría, me emocionaría y si me apuras, tiraría la mejor ropa interior que tenga al escenario. No la misma con la que he estado haciendo fila los dos meses. Una buena. De estas que se limpian solas de lo caras que son.

Sin haberlo vivido, no me equivoco al decir que ese iba a ser el mejor concierto de mi vida. Pero el artista se fue para dar paso a la leyenda.

Hoy mi #dramaia es no haber nacido unos años antes.

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