Minis Dramaias cotidianos

El otro día, hablando con una amiga le dije que desde que estaba en el pueblo me pasaban menos cosas y ya no tenía dramas para contar aquí. El no tener dramas, ya es un drama. En un aire de creatividad que le dio me dijo que hablara sobre cosas que aunque no me pasen, ya me suponen un drama.

Total que yo empecé a darle vueltas, porque aunque parece que no hay nadie al volante yo en mis adentros tengo todo muy organizado. Y pensé:

Los dramas son cosas que no me gustan. Si no me gustan, son cosas que odio. Todo el mundo tiene cosas que odia. Yo tengo cosas que odio. Puedo escribir una entrada sobre cosas que odio. Voy a encender el ordenador y me pongo a…Oh mira, chocolate.

Así que después de darle muchas vueltas, aquí va la lista de cosas que odio. Mis mini Dramaia cotidianos:

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1: El «atento a esto que es muy importante» en las películas

Uy qué coraje. Para esto suele haber dos clases de personas. El que sólo te dice la frase y se calla, o el que insiste:

¿Has oído lo que ha dicho? Que es muy importante. Le ha dicho que siente muy cerca a su hermana. Que parece que no haya muerto. Que NO HAYA MUERTO. ¿Lo has oído? ¿A que sería una sorpresa que ahora estuviera viva? Pues ya verás, ya.

A ver. Al principio de la cadena alguien tuvo que ver la película sin que nadie le dijera «atento a esto que es importante». Si esa persona lo llegó a entender, ¿qué te hace pensar que yo no? ¿Quién decidió nombrarte guía turístico de las películas?

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2: Que me canten cumpleaños feliz en mi cumpleaños

No puedo, me agobio. Nunca sé a dónde mirar ni qué hacer. Auto cantarme tampoco es una opción. Qué triste que te cantes a ti misma en tu cumpleaños. Siempre suelo sonreír y mirar a mi alrededor. Pero claro, no ves más que gente cantando y mirándote como si notaran lo mal que lo estás pasando. Lo hacen por meter presión.

Entonces, bajo la mirada a la tarta. Pero parece mal estar toda una canción mirando para abajo y noto que me empiezo a poner roja. Vuelvo a sonreír aunque quiero llorar. Y por fin, cuando ya están terminando se escucha un grito entre la gente:

¡Ahora en inglés!

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3. Equivocarme de dirección y tener que darme media vuelta cuando ando por la calle

Esto más que odiar, es que me da vergüenza. Y como odio pasar vergüenza, pues cuenta igual.

Es algo que me pasa muy a menudo, sobre todo teniendo en cuenta mis 25 años de experiencia en desorientación y despistes. Igual voy andando por Madrid, por mitad de la Gran Vía y me doy cuenta de que me he equivocado de dirección y tengo que dar media vuelta.

Sí, ya sé que no va a estar la gente de Gran Vía a señalarme por equivocarme. Que posiblemente ni se den cuenta. Pero oye, que los que lleve detrás seguro que se fijan. Bueno, y aunque no. Que me da la gana a mí que me dé vergüenza.

Y como sé que no soy la única, os voy a dar un truco que he ido perfeccionando con los años. Sólo tenéis que coger el móvil, fingir que os llaman y parar mientras decís:

Hola, voy ya de camino… Joe…si acabo de pasar por ahí. Claro, yo pensaba que habíamos quedado donde el otro día… No, no te preocupes, ya voy yo. Tú espérame ahí.

Y muy dignamente, das media vuelta y vuelves a encarrilarte en tu camino.

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4: La gente que me contesta con tono irónico «sí, una barbaridad» cuando les digo que he engordado

Mira, te reviento. Pues sí, he engordado. En cinco años, doce kilos. Y teniendo en cuenta que me acomplejaba estar tan delgada, pues déjame disfrutar de mi alegría.

Que a veces se me ocurre decir a alguien:

Uy, pues he engordado porque ya no entro en los pantalones del año pasado.

Y entonces lo sueltan mirándome de arriba a abajo y tratándome de loca:

Uy sí, una barbaridad.

Y tampoco es tan malo quien sólo dice eso y se calla. Que peor todavía es el que te dice eso y luego te ve comiendo algo y te suelta tan pichi:

Todo eso va luego al culo ¿eh?

5: La gente que va con moños altos al cine

Esto yo creo, sinceramente, que debería haber una ley que lo controlara.

Cuando estaba en Salamanca fuimos a ver Ocho apellidos vascos. Cuatro intentos nos hicieron falta para conseguir entradas. Cuando por fin las conseguimos después de recorrernos media ciudad, entramos los primeros al cine. Hicimos unas pruebas parecidas a las de Sheldon Cooper para elegir el mejor asiento y nos sentamos. Todo el cine vacío.

De repente empezó a entrar gente. Yo ya de lejos, vi a una chica con un moño que oye, sin una arquitectura no te lo haces. Bueno, la Torre Eiffel es poco menos que lo que era aquel moño. Cigüeñas anidadas y todo tenía.

Pues nada más verla aparecer yo ya sabía que tardando más o menos, terminaría sentada delante mía. ¿Sabéis quién vio toda la película moviéndose para evitar el moño?

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Pero vamos, que también creo que corre más prisa bajar el IVA cultural, que eso sí que es un #Dramaia y de los gordos, y que cada uno lleve el moño que quiera.

3 comentarios en «Minis Dramaias cotidianos»

  1. Hay cosas que no se pueden evitar, pero lo del moño no es para tanto. Unas tijeras de podar y a otra cosa, un mechero. Descalzarte y acercarle los pies, haber si hay suerte y huelen un poco y por lo menos que sufra, aunque sea menos que tu, pero te alivias la conciencia. Tirarle palomitas o cualquier cosa que lleves encima que no sepa de quien le viene. Lo sé, jode , pero jodiendo por lo menos seguro que haces menos mala hostia.

    Esperando al nuevo dramaia 😛

    Un saludo

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